Una puerta verde
Hoy me he mirado al espejo, pero este año no me he visto un poquito más alta. En cambio, he podido percibir esas canas que ya llevo algunos años aceptando, y además se me ha caído una lagrimilla. Últimamente no estoy en mi mejor momento, me agarro a mantras tales como “Todo pasa, todo llega” o “Baila, que te hace feliz”. Mi monólogo interior es constante y sin pausas, mayormente pesimista y con pocas luces. Hoy toca pensar y divagar en el concepto de cumplir años. A este devenir de sumar uno más, le añado posibles achaques diagnosticados por Google, dados por el paso del tiempo. También miro el futuro, sin objetivos propios totalmente definidos, viviendo cada día con rutinas que me mantienen estable mentalmente y no me provocan desasosiego, y doy gracias, que todavía me resisto a tomar pastillas para poder dormir, pero aún así tengo un par de orfidales por si una velada fuera insostenible.
Ayer les decía a mis amigas: “Nos hemos convertido en esos adultos a los que detestábamos cuando éramos adolescentes”. Y así es, somos adultas funcionales, con trabajo estable, casa, coche y pareja - más de la mitad de ellas con hijos-. Todo lo que nuestros padres y madres siempre han querido y por lo que han luchado, un buen porvenir, ser totalmente independientes. ¡Objetivo paternal cumplido! Check.
Ahora siendo adultas, la espontaneidad la solemos dejar a un lado, para, entre otras cosas, no ser juzgadas, porque en estas edades nos empieza a importa más el “qué dirán” que en otros tiempos pasados. Vivimos en espacios hostiles, donde salirse de lo “normal” te provoca noches de insomnio. “Madre mía, ¿Quién me manda a mi entrar bailando y cantando a la oficina, cuando nadie ha levantado su mirada del ordenador? ¡Qué ridícula!”, o, “No le voy decir a fulanito que me está dando un ataque de ansiedad en este mismo momento, provocado por mi hipocondría, porque va a pensar que estoy loca, no me va a entender y me voy a sentir peor al no ser comprendida ni escuchada. Entonces llamo a mi madre, y me cuenta sus cosas, que se ha ido con sus amigas a hacer fritillas pero que el martes que viene tiene que ir al médico a mirarse las rodillas, que le duelen, pero aún así ella y mi padre se van todos los días a andar. Llegan a la Casa del Pozo y vuelven”. Bueno y con esta breve charleta se me van los males.
Dicen que con la edad te guardas menos cosas, que dices lo que se te pasa por la cabeza sin pensar mucho en las consecuencias, pero a mí me está pasando lo contrario. ¡Ale! Todo dentro, que no salga nada, por si se ve una leve luz negra que pueda empañar un posible buen momento, que no se te vea débil, no frágil, ni vulnerable, que eres una tía dura y fuerte, que puedes con todo. Que no te vean llorar, que no te vean insegura, que ¡Ojo! Que lo tienes todo. Tienes casa, coche, trabajo y novio. Que no te falta de nada, que puedes permitirte viajar e ir a bares. Que tus amigos y amigas te quieren y te valoran. Estas sana. Recibes un salario digno por hacer tu trabajo que es de lo tuyo. ¡Cuántos querrían!
Todo ello a rasgos generales, bien ¿eh? Pero las personas como yo - y solo las personas como yo lo entenderán -, tenemos un mundo interno, en el que estás hablando contigo misma 24/7, en el que te preocupas por todo, le das una “vueltica” a la cabeza a cada cosa que te pasa y que te le das una pizca de importancia, porque tu eres intensa y todo te importa. Cada segundo de tu vida es de tal magnitdud que tu día a día es un trágico-drama, todo el tiempo. Pero luego está la vida real de adulto, esa en la que un buen día te dan un golpe en el coche, coche que declaran siniestro por ser un coche de los dosmilesypoco, y te tienen, el día de tu cumpleaños, pendiente del teléfono para ver cuando tienes que devolver el coche de sustitución, y te acuerdas del chaval que se esclafó contigo saltándose una ceda por mirar la raja de alguna falda, o porque iría fumao’ o vete tú a saber el por qué de tal empanamiento, y pienso en lo que estará haciendo en este mismo instante en el que yo estoy pendiente del teléfono. Lo visualizo repanchingado en su cama, en esa habitación con un cenicero con mínimo doscientas chustas, apestando a adolescencia tardía y sudor de 3 días, mezclado con la peste del tabaco. El ahí, durmiendo la mona en su cama, siendo un joven cualquiera, haciendo planes de borrachera un lunes cualquiera. Sudándole, a demás del sobaco, la po***, por reventarle el coche a su padre, y joderme mi leve paz mental. Y ahora me duelen las rodillas, los nudillos, los huesos en general y no sé por qué, y me dice mi hermano que le pasa lo mismo, que es herencia. Pero en realidad es estreeeeeeeeees, que me lo ha dicho Google.
Luego voy a hacer pis al baño de mi piso, mi piso propio, que compré y firmé junto al director del banco que me financia la hipoteca, y con el cual tengo un compromiso económico de la hostia, y sin ni siquiera conocerlo. Ese piso que estoy pagando en pequeñas dosis todos los meses, con un interés importante, pero que no llego a notar. Ese piso que pago con mi salario de mierda. Ese piso que parece sacado de “Cuéntame”, que sueño con reformar algún día, que tiene muchas posibilidades, pero sigue con el mismo gotelé de cuando lo compré y que seguramente pusieron cuando lo construyeron hace tropecientos años. Por lo menos está en el centro y tiene ascensor. Bueno, pues eso, que estoy haciendo pis en el baño de cuéntame de mi piso y miro el azulejo que se ha despegado bajo el espejo, y pienso que lleva ya más de 3 semanas ese puto hueco desangelado, que como no lo repare yo misma, no va a venir el obrero de la construcción de los “Village People” con su casco de obra, bailando el “YMCA” a arreglarme el descascarillado. Aunque molaría mucho.
Pero miro la puerta que pinté en verde en ese baño -y único- en el que hago pis y se me escapa algún que otro pedo – verde que te quiero verde – y la observo unos segundos, y que me encanta, y me reconforta tener la puerta del baño color verde oliva – verde como el trigo verde -.
El pensamiento más recurrente últimamente es el de “Si me toca la lotería”, “Madre mía si me toca la lotería” “Haría esto y lo otro”, hasta he echado un par de Primitivas. Si me toca la lotería pagaría las hipotecas de mis hermanos, le pondría una casa a todo confort a mis padres, nos compraríamos un casoplón en Albacete, otro en la playa, viajes, ropa buena, coches… de todo, pero todo material, aunque creo que montaría un estudio creativo, para trabajar un par de horillas al día, sin presiones, sin preocupaciones del tipo llegar o no a fin de mes. Entonces vuelvo a darle otra vueltecica a la cabeza, ¿y por qué no me monto mi propio estudio?, ¿Qué lo impide? Pues las INSEGURIDADES, y que es muy cómodo que otre se preocupe de tus nóminas, de decirte lo que tienes que hacer, y luego cerrar el portátil e irte a tu casa, a tu piso ese que te estás pagando con tus buenos madrugones, ese que te sirve para vivir y del que te encanta la puerta verde del baño -ojos verdes del verde, verde limón-.
Y al final te conformas con poco, te adaptas a ser esa adulta funcional, viajar de vez en cuando, mirar pisos nuevos e ir con tu sonrisa al trabajo.
Pero ¡Ojo! No hables de tus mierdas, por si creen que estás como una puta cabra. Ya comentarán de ti, (una vez muerta), que nunca se te notó, que te veían bien, porque eras una persona feliz, contenta, bromista y con una puerta verde.
Al final de todo, ¡Felicidades Vanessa! sumas uno más.
(Yo a mi misma)
Sonríe =D
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